Dades personals

No te creas nada de lo que leas, y mucho menos de lo que no leas aquí.

dissabte, 7 de març del 2020

Verano del 94


Chema era un chaval de 24 años con toda la vida por delante. Había acabado una carrera de letras en la Barcelona postolímpica, lo que le garantizaba que no iba a encontrar trabajo fácilmente. El verano de 1994 iba a ser uno de los veranos más inolvidables que iba a pasar. Hacia unos meses había finalizado la relación que tenía con su novia del instituto. Ocho años de noviazgo con altibajos que finalizó de una manera natural. Con los estudios acabados y sin ningún trabajo estable a la vista, había pasado los últimos meses buscando algún trabajo fuera del país, cuanto más lejos mejor. Había ido a Madrid a hacer unas pruebas para poder estudiar en la escuela de cine de San Antonio de los Baños en La Habana, pero el examen no le había ido bien y no le habían llamado.
A principios de julio empezó a trabajar en un Campus deportivo especializado en Tenis. Allí enseñaba a jugar al tenis a niños y niñas de 3 a 12 años. Era el segundo año que lo hacía. Era un trabajo fácil y realizado en buen ambiente. Todos los otros monitores eran chicos y chicas jóvenes como él, lo que hacía que siempre estuvieran de buen humor. El año anterior había conocido allí a Mónica. Una monitora de tenis que, como él, en ese momento tenía pareja, por lo que en ningún momento hubo ningún tipo de acercamiento. Pero este año la cosa era diferente. Desde el principio el tonteo entre los dos era evidente. Y aunque ella seguía saliendo con su novio, eso no impedía que pasaran mucho tiempo juntos. En el fondo eran muy diferentes, él estaba en ese momento obsesionado con las películas de Luis Buñuel y con El Gabinete del Doctor Caligari y ella tocaba el piano y le gustaba Pimpinela. Esa diferencia de carácter no impidió que entre ellos surgiera algo que en ese momento no era más que un tonteo.
Todas las tardes empezaron a quedar, siempre con otros monitores, y los jueguecitos empezaron cada vez a ser más serios.
El día 10 de julio, Chema recibió la noticia que más estaba esperando, le habían admitido en una Universidad en Seattle (USA) para trabajar durante todo un año. ¡Era la noticia que estaba esperando! Nada le podía hacer más feliz. Bueno, ¿nada?
 El 17 de julio Italia y Brasil jugaban la final del mundial de EEUU de fútbol. A Chema no le gustaba el fútbol, pero era una buena excusa para salir con el grupo de monitores con los que habían hecho una buena pandilla. Allí estaba Chema, Geles, Jordi, Soraya y, por supuesto, Mónica.
Fueron a cenar y luego fueron a un bar a ver el partido en pantalla gigante. Para cuando Roberto Baggio falló el penalti que dio el título a Bebeto y Romario, Chema y Mónica ya se habían quedado solos. Un paseo bajo la luz de la luna hasta la puerta de la casa de ella, sólo pudo acabar en un beso, que fue el primero de muchos.
La situación era la que era, él se iba en un mes a pasar un año fuera. Ella tenía novio. Y estaba en la mili. No había mucho que perder. Solo disfrutar del momento. Sin pensar mucho en el futuro.
Fueron días extraños. Se veían a escondidas, evitando a la gente, aunque sus compañeros de trabajo rápidamente se enteraron de su relación.
Cada tarde, al salir del trabajo, se veían en un bar cercano. A veces junto a Geles y Jordi, otra pareja que se estaba formando. Algunas tardes iban a la playa. Por alguna extraña razón iban a la playa de Ocata en El Masnou, aunque tenían playas más cercanas, sabían que en esta no se iban a encontrar a nadie conocido.
El primer fin de semana casi no se vieron. Su novio estaba de permiso y no había posibilidad de encontrarse. El domingo por la noche, una vez él se había ido al cuartel, quedaron otra vez. Esa semana no se separaron casi en ningún momento. Era la última semana de trabajo en el Campus, y ese viernes 30 de julio se iban con todos los monitores a cenar a un restaurante de Barcelona. Aunque realmente esa noche no pasó nada, por la cabeza de Chema sí que pasaron muchas cosas. Llevaban dos semanas viéndose a escondidas y en breve él se ira muy lejos. Tenía decidido irse a USA, por lo que no podía pedirle a ella que dejara a su novio. Nunca, en todo este tiempo, le pidió que diera ese paso. Lo que sí hizo es prometerle que volvería y que podrían repetir todo lo que pasó ese verano.
El cinco de agosto, junto con otros monitores, se fueron a pasar unos días al camping Cala GoGo de Platja D’Aro. Allí no se separaron ni un solo momento. El día lo pasaban en la playa y las noches eran una juerga constante. Allí Chema, Mónica, Geles, Jordi, Soraya, Elisa y Sebas lo pasaron como nunca en su vida lo iban a pasar. La juventud, el Mediterráneo, la música, las risas,… tenían todo, nada les podía pasar, tenían toda la vida por delante. Todo era como uno de los anuncios que, años más tarde, harían los de Cervezas Damm.  Se lo pasaron tan bien, que algunos fueron con una pareja, y volvieron con otra…
Al cabo de unos días volvieron a sus casas. Chema tenía que preparar su viaje y el verano estaba llegando a su fin, todo y que no habían superado ni la mitad del mes de agosto.
Para él, estos últimos días habían significado mucho. En cualquier otro momento, la relación con Mónica habría sido un simple rollo de verano. Pero nada más lejos, ella se había metido en su cabeza e iba a ser difícil que nunca más saliera de ella.
El lunes 15 de agosto Chema a las 11.00 coge el vuelo 455 de la TWA con destino a Seattle.
Ante él se abría un nuevo mundo de oportunidades y de sueños por cumplir. Atrás dejaba un profundo amor por Mónica que no sabía hasta donde iba a llegar. El tiempo pondría todo en su sitio.

dimecres, 19 de febrer del 2020

El Mercedes de August


August Massó i Cortada era un barcelonés orgulloso de serlo. Un auténtico barcelonauta que paseaba por su ciudad con la cabeza bien alta.
En Navidad paseaba por la Feria de la Gran Via y compraba caganers en la feria de Santa Llucia. Para la Mercé iba al piro musical a Montjuic. Incluso era de los barceloneses que habían ido a la Sagrada Familia a oír misa, no como turista.
Siempre le habían gustado los turistas, no era un tema que le preocupara. El gran crecimiento turístico de la ciudad era para él un motivo de orgullo. Sus vecinos del piso de que tenía en la calle Rogent estaban desapareciendo por culpa de los pisos turísticos que abrían uno tras otro. En su caso, al ser propietario, no le habían ni subido el alquiler ni finalizado el contrato, pero ya era el único de la escalera que había nacido en la ciudad.
A su mujer, Gisela, la había conocido en unas jornadas que Convergencia Democrática de Cataluña había organizado en su barrio. Ella era todo lo que él había esperado de una mujer, católica, obediente, discreta, sin mucha belleza, ya que así no atraería a las tentaciones…
Su trabajo el Caixa le llenaba plenamente. Hacia su jornada laboral con alegría y llegaba a casa a comer los cocidos que Gisela le preparaba con mucho amor.
El final de la carrera política de su admirado Jordi Pujol había sido una de las mayores decepciones que había tenido en su vida. Lo había vivido de forma discreta, no podía creer que un político de la talla del President tuviera tantos trapos sucios. Siempre lo defendió ante sus amigos y esto le supuso algún que otro problema. En 2010 con el inicio del “proces” se distanció totalmente de sus amigos convergentes. No es que no quisiera la independencia de Cataluña, es que no podía creer que los políticos convergentes pudieran trabajar codo con codo con los perro flautas de las CUP o con republicanos de Esquerra. Para él Artur Mar era un traidor más que se había vendido a la izquierda por seguir en el poder.
Había vivido el octubre de 2017 desde la distancia. No había querido ir a votar, ya que no creía que ese referéndum fuera válido. Todo habría cambiado si Jordi Pujol, o Marta Ferrusola en su caso, se hubiera pronunciado a favor del voto. Los palos de la policía le habían indignado, pero las detenciones de los dirigentes políticos le habían parecido algo razonable, nadie se puede saltar la ley.
Prácticamente había dejado de leer La Vanguardia y de ver TV3. De vez en cuando veía Antena 3, pero tampoco le convencía.
En febrero de 2020 le quedaban únicamente dos años para jubilarse y en la Caixa ya le habían avisado que posiblemente finalizarían su contrato en unos meses, así pasaría a cobrar el desempleo y después poder cobrar una jubilación digna. El dinero tampoco le importaba mucho. El no tener hijos y al llevar una vida discreta junto a su mujer, le había permitido ahorrar algo. Únicamente se iba a permitir un capricho. El día que su jubilara iría de viaje a Roma a ver al Santo Padre. El único problema era que el actual Papa no le gustaba nada, no estaba a la altura del Papa Wojtyla o de Ratzinger. Este argentino iba a acabar con la santa iglesia en muy poco tiempo. Tenía la esperanza que, para cuando se jubilara ya hubieran cambiado al Papa, aunque eso era algo difícil.
El 17 de febrero el señor Massó decidió salir de la ciudad para ir a su querida montaña de Montserrat.  Junto con su mujer Gisela, se dirigió al parking que tenía desde los años ochenta alquilado en la calle Mallorca, a coger su Mercedes GLA recién salido del concesionario. Era lunes y no había mucha gente por la calle. Cuando llegó a la planta baja donde estaba su coche se llevó la gran sorpresa de que su coche había desaparecido. ¡Eso no le podía estar pasando a él! ¡Él que siempre tenía todos los papeles en regla, que siempre pagaba todos los recibos!
Acudió a la comisaria a poner la denuncia por robo. Allí le indicaron que era difícil que el coche apareciera. Esos modelos se robaban para vender en el extranjero, por lo que iba a ser muy difícil que lo encontraran en buenas condiciones.
August y Gisela se fueron a casa totalmente decaídos. La semana que se había pedido de vacaciones no iba a ser nada buena. Casi era mejor volver al trabajo. Eso hizo al día siguiente. Pero allí le dijeron que no podía volver hasta el lunes siguiente, por temas del sindicato, no podía renunciar a sus vacaciones.
De repente todo se había complicado. Sin coche para ir de vacaciones. Sin posibilidad de ir al trabajo… solo les quedaba salir a pasear por Barcelona. Podían hacer de turistas en su propia ciudad. Se dedicar a pasear por los alrededores de la Sagrada Familia. Se hicieron fotos con los edificios de fondo. Incluso comieron en un McDonalds. Dieron vueltas por el barrio, contaron la cantidad de cafeterías clónicas que habían abierto, Garnier, Vivari, 365, l’Obrador…
A los tres días August fue al parking a ver si los vigilantes habían encontrado alguna pista. Y cuál fue su sorpresa que su querido coche estaba aparcado en su plaza como si no hubiera pasado nada. Abrió con su llave y certificó que el coche estaba impecable. Ni un golpe, ni una rascada, nada de nada.
En el asiento del copiloto encontró una hoja que decía el siguiente texto:
“apreciado dueño de este coche, nos hemos llevado el coche por que lo necesitábamos para hacer un viaje de última hora. Se lo devolvemos en perfecto estado y con el depósito de gasolina lleno. Le adjunto unas  entradas al teatro a modo de disculpa.”
Efectivamente, había 2 entradas al teatro Poliorama para el sábado 22 de febrero para ver la obra de teatro “La Importancia de ser Frank”.
August corrió a su casa para darle la noticia a Gisela. Después llamó a los Mossos y canceló la denuncia. Todo parecía que volvía a la normalidad.
Llegó el sábado y se puso sus mejores galas para ir al teatro. Hacía más de veinte años que no iba a teatro, siempre le había parecido cosa de rojos, pero esta vez iba a ir como si fuera al Liceo, tenía que celebrar su buena suerte.
Cuando acabó la obra, que por cierto, no le gustó en absoluto, August y Gisela tomaron un taxi en la Rambla para ir a casa.
Había sido una noche un poco decepcionante, pero ya era hora de llegar a casa y empezar a pensar en ir a trabajar el lunes.
Al entrar en casa se dio cuenta de que algo no iba bien. Él había dejado la cerradura cerrada con doble vuelta y ahora ya no estaba así. Todo el piso estaba revuelto, las joyas, el dinero, todo lo de valor había desaparecido. Televisiones, teléfonos, aparatos electrónicos, ya no estaban. Toda la ropa de la pareja estaba tirada por el suelo, no habían dejado nada por remover. Los ladrones se habían tomado su tiempo, sabían que la obra duraba más de dos horas y aprovecharon el tiempo. Ningún vecino vio nada. De hecho, ningún turista vio nada.
August salió corriendo al parking de la calle Mallorca. En el sitio donde tendría que estar su coche, había un cartel con el siguiente mensaje:
“espero que os gustase la obra de teatro, gracias por todo”.

dijous, 6 de febrer del 2020

Sangre en Sitges


(Primera parte)
Se esperó a que no hubiera nadie en los lavabos para salir. No se oía ni una mosca, pero él sabía que podía haber alguien fuera. El cuerpo de Sergio pesaba como un muerto. Bueno, es que estaba muerto. El corte en la garganta había sido limpio, no le había dejado pedir ayuda, pero había hecho que la sangre saliera por todos los lados. Le registró la cartera. Solo trescientos euros. Le sacó la acreditación que llevaba al cuello y se la puso con cuidado de no mancharse mucho con la sangre que chorreaba de la garganta de Sergio.
Salió de lavabo entrando en el grandioso hall del Hotel Meliá. Efectivamente nadie lo vio salir ni entrar en la gran sala justo en el momento que empezaba la proyección. Siempre había sido muy fan de Kevin Smith, y poder ver TUSK como primicia en este festival iba a ser de lo más grande que había hecho nunca. El asesinato de Sergio únicamente culminaba parte de su obra. No le dejaba satisfecho, pero le calmaba por unos meses. Siempre y cuando no le pillaran. Pero eso no iba a pasar, había tomado suficientes medidas como para que nunca le pudieran relacionar con los asesinatos.

El comisario Llebot llegó al Hotel a las 7 de la mañana del día 12 de octubre de 2014. Entró al hall del hotel sorprendido de que no hubiera nadie esperando. Se acercó al mostrador y la recepcionista con gran diligencia le preguntó que qué podía hacer por él en un perfecto inglés de academia barata.
-         Soy comisario de la policía, me han llamado asegurándome que había habido un incidente.
-         Si, hola ¿qué tal?, están en el hall del auditorio, saliendo por la puerta principal a la derecha.
-         ¡Pero si vengo de ahí!
-         Siga la alfombra roja y los encontrará. Un compañero suyo esta a allí desde hace horas.
El comisario salió por donde le indico aquella pepona de barrios bajos con aires de azafata del un, dos, tres, y llegó hasta la alfombra roja que le había dicho.
Efectivamente, la alfombra dirigía a otra entrada del hotel. Fue entonces cuando se dio cuenta que aquello era la entrada a un autentico festival de cine. Con carpas, paneles para hacerse foto y toda la parafernalia. Había oído hablar del festival de cine de Sitges, pero nunca había ido allí. Ni al festival, ni a la ciudad.
El sargento Arias le estaba esperando en el interior. Se acerco a él rápidamente en cuanto le vio.
-         ¡Buenos días comisario!
-         Buenos días, ¿Qué tenemos?
-         ¡Muchísima mierda!
-         Ya será menos
-         Sergio Puerta, treinta y tres años. Degollado en los lavabos del cine. El asesinato debió ser sobre las 11 de la noche de ayer. El cine ha estado pasando películas hasta las tantas, pero como el asesino cerró el lavabo por dentro, no lo han encontrado hasta que las de las de la limpieza han ido a limpiar.
-         ¿Arma?
-         Una navaja o un cuchillo, no está en la escena del crimen.
-         ¿le falta algo?
-         Lleva la cartera vacía, pero podía ser que no tuviera ni un duro. No encontramos la entrada.
-         ¿Qué entrada?
-         La del cine
-         ¿Pero esto no es un festival?
-         Sí, pero todos llevan entrada
-         ¿Y que esa mierda que todos llevan colgada?
-         Supongo que es una acreditación.
-         ¿Y el tal Sergio no la llevaba?
-         No. Pero puedo preguntar si tenía alguna.
-         ¿Has visto ya las cámaras de seguridad?
-         No, le estaba esperando a usted
-         Pues vamos a verlas.
-         ¡Buenos días! Soy Antonio, el director del festival – dijo Antonio López, el que era director de festival desde hacía veinte años.
-         ¡buenos días!
-         ¿Cuándo podremos usar la sala?
-         Esta sala va a estar cerrada unas cuantas horas…
-         No puede ser, ¡tenemos maratón!
-         Aquí no va a pasar nadie más que los de la científica, y cuando estos acaben vendrá el juez, y cuando levante el cadáver, podrá entrar el equipo de limpieza.
-         Esto no puede ser, ahora mismo llamo al Conseller de Cultura y lo arreglo todo.
-         Puede llamar al Papa de Roma si quiere, pero aquí no va entrar nadie.
-         ¡Eso ya lo veremos! –dijo el director saliendo de la estancia.
Arias entró en el lavabo, mirando de reojo para ver si el comisario le seguía. Los dos llegaron hasta el lavabo donde Sergio aun seguía sentado en la taza del váter con la misma expresión de la noche anterior.
-         hemos mirado todo y creo que no hay ni una pista
-         que los de la científica lo huelan todo.
-         Ok, vamos a ver las cámaras.

Arias y Llebot llegaron al despacho donde estaba la seguridad del hotel. Un vigilante delgaducho y con pinta de rata de biblioteca les indico que se sentaran junto a unos monitores colgados de la pared.
-         Dentro del lavabo no hay cámaras, lógicamente, es ilegal. Pero en la entrada y el hall hay tres. Que horas quieren ver?
-         Tenemos que verlo todo, y queremos que envíe una copia a la central.
-         Ok, no hay problema por el envío. Y ahora ¿que quieren ver?.
-         ¿Que se hizo aquí anoche?
-         Buff!!!!, todo el día pasando películas, desde las 8.00 de la mañana hasta las 6,30 de la madrugada.
-         Sobre las diez treinta ¿que pasó?
-         A las ocho se proyectó BURYING THE EX, de Joe Dante,
-         Ese quien coño es?
-         El director de GREMBLINS.
-         De ¿qué?
-         Un clásico ¡tío!
-         Ni idea, ¿qué más?
-         Acabó a las diez treinta y a las once hicieron TUSK, de Kevin Smith.
-         ¡Ni flores!
-         Si hombre, ¡el de CLERKS!
-         Nada
-         Fijaros aquí como entra toda la gente.
-         ¿Van todos de uniforme?
-         ¿Qué dices?
-         Si hombre, parece que van todos vestidos igual, todos de negro.
-         Es el tipo de persona que viene a este festival
-         Y todos llevan acreditación colgando.
-         Todos no, alguno solo llevan la entrada que han comprado.
-         ¿Cómo puedo saber si Sergio Puerta estaba acreditado?
-         Preguntando a organización, ellos tienen la lista de todos los acreditados, por prensa, por VIP, por compra…
-         Y este es el ultimo en entrar…
-         Y precisamente sale del lavabo.
-         Si pero después se hicieron muchas más proyecciones.
-         Hasta que el forense no nos diga la hora exacta, creo que este, es nuestro sospechoso, dijo Llebot parando la imagen y señalando a Junior.
-         No creo que saquemos una imagen de él mejor (continuará)

(

dissabte, 1 de febrer del 2020

Fotos de historia

La fábrica de Airgam de L’Hospitalet estaba abandonada desde hacía treinta años. Tras una época brillante, en 1987 habían hecho suspensión de pagos. Las ventas de la campaña de navidad no cubrían las deudas de casi 250 millones de pesetas que tenían. 140 personas se habían ido a la calle. No había nada que hacer, la fabricación de juguetes no era un negocio rentable en la España de finales de los 80. La fabricación de juguetes en china había hecho que nada de lo fabricado aquí fuera competitivo.  Después de veinte años de éxitos vendiendo, sobretodo, muñecos de plástico, el sueño había llegado a su fin.
            Marc aparcó su citroen Xsara a unos 50 metros del número 157 de la carretera del Mig en L´Hospitalet, donde estaba la fábrica de Airgam. Ya desde la Avinguda Marina, había visto el rótulo de Airgam pintado en la pared. Habían pasado veinte años, pero aun nadie se había dignado a pintar sobre la pared lateral. Nadie lo había hecho porque nadie había entrado en esa fábrica desde que se fue su último trabajador. Marc pretendía hacer unas fotos de la fachada. Había oído que aún se podía leer el nombre de la empresa, y pensó que sus fotos quedarían perfectas en su nuevo blog. Historia de las fábricas de juguetes de Barcelona iba a ser un bombazo. Estaba haciendo un recorrido por todas las fábricas de juguetes que habían cerrado por la zona y lo iba a publicar en su blog. Creía que iba a ser muy original y que tendría muchas visitas.
            Según se iba acercando, sacó su cámara de fotos y fue disparando una cantidad inmensa de fotografías. Fotografió el frontal del edificio y los dos laterales. Fotografió la puerta de entrada e, incluso los timbres de acceso. Todo parecía semiabandonado. No parecía haber ningún tipo de actividad, ni en el interior ni en el exterior. Se acercó a la puerta y puso las dos manos contra el cristal con intención de mirar sin reflejos. Fue entonces cuando la puerta cedió hacia adentro. No estaba la llave echada. La sorpresa de Marc fue enorme, pero su curiosidad era más grande que el miedo a ser pillado y eso hizo que entrara a la fábrica. La estancia estaba sucia y llena de polvo, pero no había resto de actividad. No había papeles y rastro de nada que indicara que ahí hubiera ningún tipo de movimiento. Marc probó a abrir las puertas que daban a los laterales y estaban todas cerradas.  Subió las escaleras que accedían al primer piso. Allí estaban todas las puertas abiertas. La estancia era enorme, parecía ser el sitio ideal para poner maquinas que fabricaran juguetes. Ahora estaba totalmente desierta, pero él pudo imaginar que únicamente hacia diez años allí había habido un movimiento extraordinario. Gente moviéndose para arriba y para abajo. Carretillas elevadoras, traspales, operarios apilando cajas, oficinistas revisando pedidos… todo aquello había pasado. Allí ahora solo había un vacío enorme que conmovió a Marc de manera intensa. Fue haciendo fotos por toda la estancia y subió al piso de arriba. Allí no había nada. Suerte que los ventanales dejaban pasar la luz de día, porque por no haber, no había ni fluorescentes.
En la última planta encontró unas puertas que daban a estancias más pequeñas. Supuso que serían las oficinas de la dirección. Se imaginó que allí había estado Josep Magriá y sus trabajadores más de 20 años. No dejo de hacer fotos en ningún momento. Le iba quedar un reportaje esplendido, seguro que sería el que más visitas iba a tener. Sin darse cuenta pasó allí más de dos horas investigando y observándolo todo. Busco algún mueble, pero nada habían dejado que pudiera contener ni un papel, una factura que pudiera llevarse como trofeo. Se iba a tener que conformar con las fotos de las estancias. Por su cabeza había pasado todo el rato la posibilidad de encontrarse una caja olvidada en un rincón. Una caja que al abrirla contuviera varias series de Airgam Comics o algo mejor. Pero nada de eso paso. El vacío más absoluto.
Ya eran las cinco de la tarde y empezaba a hacerse de noche. No hacia frio para ser febrero, pero el hecho de oscurecer hacía que pareciera que el invierno fuera a llegar de repente.
Salió de la fábrica pensándose que se encontraría a alguien, que alguien habría llamado a la policía que se encontraría en un problema. Pero nada de eso sucedió. La calle seguía vacía y a nadie le importaba que él estuviera allí.
Se subió al coche mirando a ambos lados, aun tenía la sensación de estar haciendo algo malo. Cogió su cámara de fotos y revisó una a una todas las fotos que había hecho esa tarde. La verdad es que era un material esplendido. Él estaba radiante, estaba en una nube. La mezcla de haber hecho algo malo (colarse en una fábrica) y tener un material excelente producía en el una sensación de éxtasis.
Arrancó el coche, puso la primera y cuando el coche empezaba a circular, notó como desde el lado izquierdo algo impactó contra la puerta izquierda trasera.
No le dio tiempo más que a aparcar nuevamente a la derecha y fijarse que era un gran coche gris el que le había chocado por detrás. El coche gris aparcó delante de él.
Marc se bajó y fue directamente a ver cómo había quedado su coche. No había sido un gran impacto, pero la puerta trasera había quedado completamente hundida. La rueda no se había visto afectada por centímetros. Calculó que podría llegar a su casa, pero que la reparación del vehículo iba a ser imposible. Un coche de más de 20 años no lo iban a poder arreglar. El seguro iba a dar de baja al coche.
Todas estas ideas pasaban por su cabeza cuando se dio cuenta que no se había preocupado por el conductor del coche gris. Miró hacia delante y vio cómo se bajaba del Nissan Qashqai una chica de unos treinta años, morena, alta y esbelta. Iba vestida con unos pantalones negros y un jersey de cuello alto negro también. Llevaba los labios pintados de rojo intenso y su cara reflejaba una serenidad absoluta.
-hola, ¿te has hecho daño?
-no, ¡pero mira como me has dejado el coche¡ -casi gritó Marc.
-perdóname, no te he visto.
-pero ¡si yo iba por mi carril y tu me has envestido!
-se me ha girado el volante a la derecha sin querer, ¿me puedes perdonar?
Marc estaba muy nervioso. Los acontecimientos del día habían sido demasiado. Y ahora se iba a quedar sin coche por culpa de una niñata.
-necesitas sentarte –dijo Nieves, que así se llamaba ella.
-no necesito sentarme, ¡necesito un coche nuevo! –dijo Marc con un poco de agresividad.
-no te enfades conmigo, el seguro lo arreglara todo. En la vida hay cosas más importantes que tu coche. Seguro que todo se arreglará –dijo Nieves poniéndole la mano sobre el hombro.
En ese momento le llegó a Marc el olor al perfume que Nieves llevaba. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo atractiva que era. Y eso empezó a relajarlo un poco.
-¿podemos hacer un parte amistoso?, mi padre me matará si llego con otro golpe a su coche.
-no se…
-venga hombre, hay que tomarse la vida de otra manera. A lo mejor esto es algo bueno. El destino ha querido que nos uniéramos así.
-¿qué quieres decir?
-que a lo mejor este encuentro no es casual. Que tú y yo estábamos destinados a conocernos. ¿No crees en el destino?
-no, no lo sé –dijo Marc dubitativo. Una pequeña erección se había iniciado en su entrepierna.
-mira, vamos a relajarnos. Yo iba a casa de una amiga a cenar y llevo esto en el coche… -dijo Nieves entrando en su coche y sacando una bolsa del Corte Ingles.
-¿qué es eso?
- un Vega Sicilia de 1986. Toma. –Dijo Nieves pasándole la botella a Marc- bebe un poco que así te relajaras y luego nos vamos a tomar algo.
Marc cogió la botella y dio un pequeño trago. Nieves le miraba y con los ojos le animó a que bebiera más. Marc no lo dudó y bebió de un trago más de la mitad de la botella.
Entonces ella cogió la botella, vació el resto del vino en la alcantarilla que había al lado y metió la botella vacía en el coche de Marc.
-y, ¿ahora qué hacemos? –dijo Marc algo dubitativo.
-esperamos a la policía –dijo Nieves marcando el número de la policía local.

dimarts, 21 de gener del 2020

Las Galletas de la señora Josefa


La señora Josefa vivía sola desde que su marido murió allá por el año 1994. Siempre había sido un poco solitaria y, al quedarse viuda, su soledad se hizo más patente. Su única hija, Leonor, se había casado con un médico argelino y se había ido a vivir a Annaba con sus 3 hijas. Únicamente venía a ver a su madre durante el verano, a veces en julio y a veces en agosto. Leonor le había dicho infinidad de veces que se fuera con ella a vivir a Argelia. Annaba era una ciudad al borde del Mediterráneo muy tranquila. La señora Josefa no se había planteado ni por un momento irse a vivir con su hija. El piso que había comprado con su marido en el barrio de San Idelfonso de Cornellá estaba pagado, y con la pensión de viudedad que le había quedado, no necesitaba de mucho más para vivir. Es cierto que casi todas sus amistades o habían muerto o habían vuelto a vivir a sus pueblos de origen. Ella tampoco se iba ir a vivir a Huescar, pueblo del que salió en 1962 para no volver nunca más.
Su marido, Juan, había trabajado 40 años en la fábrica que Siemens había tenido en Cornellá. Habían llevado una buena vida. Él siempre había sido muy respetuoso con ella y con Leonor. Que ella se casara con un musulmán no les había gustado nada, pero la felicidad de la niña estaba por encima de sus sentimientos. Ellos habían abandonado la religión católica y educaron a Leonor con plena libertad, por lo que cuando ella decidió tomar la decisión de que la religión entrara en su vida, ellos tuvieron que aceptarlo a regañadientes.
La señora Josefa había vivido la transformación de su barrio de manera tranquila. El barrio de inmigrantes andaluces y extremeños se había transformado en el barrio de inmigrantes marroquíes y sudamericanos. Pero al fin y al cabo era su hogar y no lo iba a abandonar de ninguna manera. Durante los años 70 había participado en la lucha vecinal contra el régimen franquista y, aunque nunca había sido una luchadora, siempre había compartidos sus ideas liberales con todo el mundo. De todo aquello solo le había quedado un odio visceral a los fanáticos de derechas. Los falangista de su pueblo le habían hecho emigrar, pero no había habido facha alguno que le echara para atrás de sus ideales. Los tiempos que corrían no eran los mejores para sus ideales izquierdistas, los partidos de extrema derecha se habían adueñado de la política local y nacional y parecía que todo estaba volviendo a los años treinta.
            Un 20 de enero cualquiera Josefa cogió el tranvía en la parada del Rayo Amarillo dirección al Hospital Comarcal de Sant Joan Despi. Tenía una visita rutinaria y, aunque no le gustaban mucho los médicos, se dirigió a la consulta del endocrino. Tenía visita a las 11.00 de la mañana pero, como solía hacer siempre, llegó con cuarenta y cinco minutos de adelanto. Se dirigió a la cafetería del Hospital y se pidió un café con leche. Cuando le cobraron 1,80 euros estuvo a punto de montar una escena, ¿dónde se había visto que un café con leche pudiera costar ese dineral?, hasta los hospitales se habían vendido a las franquicias y los precios se habían puesto por las nubes. La señora Josefa cogió su café y, cuando iba a sentarse, se dio cuenta que no había ninguna mesa libre, era la hora del desayuno y toda la estancia estaba llena. Miró por encima y divisó que en una de las mesas del fondo solo había sentado una persona, las otras tres silla estaban vacías.
Fue hasta allá y, sin mirar a los ojos del hombre que allí había sentado, se sentó en la silla, sacó de su bolso un paquete de galletas oreo, la revista “Hola” que había salido la semana anterior, su móvil y se dispuso a tomar su café con leche mientras leía la revista. A los cinco minutos de estar ahí sentada, cogió con su mano izquierda una galleta oreo y se la comió en dos bocados. Fue entonces cuando el hombre que había sentado en la mesa, sin cortarse un pelo, cogió una galleta de su paquete y se la comió tan tranquilamente. Ella no daba crédito, ¡qué morro le echaba la gente! Por pura vergüenza ajena no miró a la cara del hombre y cogió otra galleta. A los pocos segundos el hombre volvió a hacer lo mismo. ¡Pero qué cara más dura! –pensó ella otra vez. Ella volvió a coger una galleta y el volvió a hacer lo mismo. Ella estaba por dentro que se le llevaban los demonios. No podía creer lo que le estaba pasando. Miraba a su alrededor a ver si alguien había visto lo que estaba pasando, pero nadie parecía importarle lo que en su mesa sucedía. Fue entonces cuando se dio cuenta que en el paquete solo quedaba una galleta. El hombre, que también se había dado cuenta, la miró con una gran sonrisa, cogió la galleta, la partió por la mitad, se comió su parte y le dio a ella la otra mitad. Ella se quedó pasmada, con la mitad de la galleta en la mano viendo como el hombre se levantaba y, deseándole buenos días, se fue de la cafetería.
Durante más de cinco minutos estuvo pensando en lo mala que era la gente. Lo cobarde que se había vuelto la sociedad. Un hombre cualquiera podía robarle las galletas sin pedir permiso, públicamente, sin ella pudiera hacer nada. Estaba indignada.
Como solo faltaban diez minutos para su cita con el endocrino, se dispuso a guardar la revista y el móvil en el bolso. Fue al abrir el bolso cuando vio la respuesta a lo que allí había pasado. El paquete de galletas Oreo que había comprado el día anterior estaba allí, junto a su monedero y a sus llaves.


dimecres, 15 de gener del 2020

Resacón en Benidorm (segunda parte)


Sergei había llegado a España hacia 10 años. Se había escapado de su Sujumi natal durante la guerra con Georgia. Parte de su familia seguía allí y su objetivo era conseguir suficiente dinero para volver a y montar un negocio en Abjasia. Había trabajado de todo lo que le había salido y nunca se había quejado. Había encontrado un grupo de amigos en el gimnasio donde se ponía cachas y había conseguido una estabilidad laboral compaginando la vigilancia de obras entre semana con la de portero de discoteca en los fines de semana.
Por eso cuando el capullo ese se le acercó y le dijo en la oreja en un perfecto ruso moscovita “tu madre me ha comido hoy los huevos” no pudo reprimirse y le arreó un directo a la mandíbula. Fue por puro instinto. No podía permitir que un idiota le insultara de esa manera.
Los amigos del idiota fueron rápidamente a ayudarle a levantar. De dentro de la discoteca empezaron a salir empleados de seguridad, pensándose que había empezado una pelea. Cuando vieron a Braulio en el suelo todos empezaron a mira a Sergei.
-no podéis ni imaginaros que me acaba de decir el idiota ese.
-sea lo que sea, no había motivo para darle esa ostia –le dijo el encargado a Sergei mientras le ponía la mano en la espalda y le acompañaba al interior de la discoteca.
Carlos y Julio ayudaron a levantar a Braulio, y los vigilantes les indicaron que podían pasar dentro. Les acompañaron a la sala VIP y, junto a Roberta, Alfonsa, Cintia y Leo, les sirvieron champan francés.
La mandíbula de Braulio no estaba rota, pero durante un tiempo no iba a poder comer turrón del duro.
-¿qué coño le has dicho para que te diera esa ostia? –preguntó Carlos a Braulio cuando las chicas se fueron todas juntas al lavabo.
-ya sabéis que jugando al Fornite hablo con gente de todo el mundo, pues hay un ruso que solo me repite esta frase. Yo pensaba que era algo bueno, pero por la reacción de este tío creo que no es nada agradable.
-y tu ¿Cómo has sabido que era ruso?
-no tenía ni idea, lo he supuesto.
-pues en vaya lio nos has metido.
-¿qué lio ni que pollas?, estamos en la sala VIP con cuatro tías impresionantes, y ¿ahora os vais a quejar?
-bueno, bueno, no te pongas así –dijo Carlos mientras las cuatro chicas regresaban a los sofás de la sala VIP.
La noche parecía prometedora, por eso cuando Svetlana se acercó al grupo nadie supuso que los problemas iban a venir por ahí.
-hola chicos, ¿queréis ir a una fiesta privada? –dijo Svetlana con un ligero acento ruso.
-ya estamos en una fiesta
-donde yo os llevo no tiene nada que ver con este antro.
-ya estamos en el paraíso, porque vamos a cambiar –dijo Braulio
-yo os prometo una fiesta con el mejor alcohol, las mejores mujeres y rodeados de famosos
-¿qué famosos hay en esa supuesta fiesta?
-creo que hay ha venido Malena Gracia y Jorge Sanz
-no sé quiénes son esos.
-venid conmigo, no os arrepentiréis –repitió Svetlana mientras les daba su tarjeta de visita.
Después de mucho pensárselo decidieron darle una oportunidad y acompañaron a Svetlana a la salida de la discoteca.
Allí había una limusina negra que les llevó a un chalet a las afueras de Benidorm.
El interior del chalet estaba preparado para una gran fiesta, bebidas, comida, una gran bola colgada en el techo, pero no había ni un alma, eran los primeros en llegar a la fiesta. A ellos eso no les molestó, ni siquiera se dieron cuenta. Se acercaron a la mesa de comida y comieron como si no hubiera un mañana. Bebieron todo lo que pudieron y se fueron sentando en los sofás que había al fondo de la sala. Svetlana había desaparecido, la música de fondo fue apagándose poco a poco y ellos fueron durmiéndose a ritmo de la trompeta de Miles Davis. La droga empezaba a hacer su efecto.
Las cuatro mujeres  tuvieron mucha suerte. La banda de Sergei y Svetlana no estaba interesada en la trata de blancas. Las dejaron dormidas en la acera lateral de su hotel. Que un grupo de turistas les robaran los bolsos no fue su problema.
Carlos y Braulio fueron llevados a otro chalet a las afueras de Castellón. Fueron torturados y grabados. Tuvieron algo de suerte, ya que finalmente sobrevivieron. Fueron abandonados en una gasolinera a las afueras de Burriana.
A Julio no lo torturaron. Directamente le sacaron los riñones para venderlos en el mercado asiático y lo abandonaron a las afueras de Erfoud, ciudad al oeste de Marruecos, donde había sido llevado en un yate desde el puerto de Benidorm.
Fue abandonado en pleno desierto, desnudo, sin comida ni bebida y a más de 40 kilómetros de ninguna zona poblada. No duro ni una noche.

dimecres, 8 de gener del 2020

Resacón en Benidorm (primera parte)


Julio se despertó sin saber dónde estaba. Estaba en medio del desierto. No podía recordar nada de lo que había pasado en los últimos 7 días. Se acordaba que había ido de vacaciones a Benidorm con unos amigos. Estaban en un hotel enorme y habían salido de fiesta. Habían intentado ligar, pero todas las mujeres a las que se acercaban salían corriendo. Eran el típico grupo de pardillos con pinta de intelectual que solo sabían hablar de videojuegos. No tenían muchas habilidades sociales, de hecho los dos primeros días solo habían ido del restaurante a la habitación a jugar a la consola. Consolas que habían traído de casa, ya que el hotel no disponía en las habitaciones. Partidas interminables de Call of Duty o de Fornite, de las mismas que hacían cuando estaban en casa, regadas con grandes dosis de RedBull y Monster.
Fue la tercera noche cuando decidieron salir a la calle. Se arreglaron lo que pudieron y fueron a cenar fuera. Cuando salían del McDonalds, Braulio propuso ir a una discoteca a tomar un pelotazo (uso esa misma expresión). Julio y Carlos le miraron con cara de susto, pero aceptaron ante la insistencia de su compañero.
El pub Penélope fue el sitio escogido. Con ese nombre no podía pasar nada malo, la abuela de Braulio se llamaba Penélope. Era un bar con vistas a la playa decorado de manera moderna que les encantó. Se acercaron a la barra y rápidamente Gladys, que así se llamaba la camarera, se acercó a ellos.
-¿qué van a tomar los señores? –dijo Gladys con un marcado acento sudamericano.
-pon 3 Larios Cola. –contesto rápidamente Braulio.
-lo siento, no tenemos Larios.
-pues cualquier otro Vodka –esta vez fue Carlos el que habló.
-¡Larios es ginebra capullo! –dijo Braulio.
-pues la ginebra que quieras.
-¿les va bien Watenshi?
-¿cuánto cuesta?
-500 euros el “cubata” –dijo Gladys con un poco de ironía.
-¡qué dices loca!
-pon 3 del más barato.
-3 gordon´s marchando. Son 60 euros.
Carlos pagó las consumiciones sin rechistar y se fueron a sentar al fondo del local.
Durante más de media hora observaron atentamente a toda la gente que pasaba por el local sin decir ni media palabra. Para ellos era un mundo nuevo que no entendían. Vieron como una pareja de poco más de 16 años bailaba de manera insinuante, como si estuvieran haciendo el amor en la pista de baile.
Otros no hacían más que pasearse se la barra al lavabo, como si siempre se estuvieran meando.
Otros, sobretodo grupos de chicas vestidas con mini vestidos, no hacían más que pasearse exhibiendo sus cuerpos como si fueran ganado.
Tras un buen rato, Julio se acercó a un grupo de 4 chicas que no separaban la mirada de sus enormes smartphones.
-hola, ¿cómo os llamáis?
-…
No hubo ningún tipo de respuesta. Las chicas se consideraban demasiado importantes como para perder el tiempo con esos pardillos.
Gladys no se perdía nada de lo que estaba pasando, y en un momento de debilidad, sintiendo pena por ese grupo de pardillos, decidió hacer algo de lo que siempre se iba a arrepentir. Con su teléfono, contactó con un grupo de amigas que sabía que estaban por la zona. Les comentó que había un grupo de chicos que, al igual que ellas, estaban un poco desplazados y que podía ser una buena idea que se pasaran por el Penélope para conocerlos.
Aparecieron a los 5 minutos y, casi sin mirar a Gladys, se acercaron al grupo de informáticos.
Rápidamente congeniaron. No tenían nada en común, pero el hecho de estar desplazados del resto de la gente del local les unía de manera lógica.
Las conversaciones cruzadas entre ellos fueron de lo más chocantes. Ellas no tenían ni idea de informática y ellos no sabían nada de ropa femenina, que era el tema principal de conversación que ellas tenían, pero tampoco eso era un problema.
A la hora de estar allá, Julio propuso ir a otro “garito” (esa fue la expresión que él utilizó). La moción fue aceptada y salieron a la calle no sin despedirse antes de Gladys, que estaba totalmente sorprendida de lo bien que parecían llevarse. Fueron al Gomorra y al Guinnes Bar. Cada vez se encontraban más bien y ellas empezaron a cogerse de la cintura de ellos. Julio congenió con Roberta, Carlos con Alfonsa y Braulio se agarró a la cintura de Cintia y de Leo. Verlos bailar en la pista del Gomorra era todo un espectáculo. Ellos parecía que tenían una escoba metida por el culo y ellas se movían tan “sexis” que parecían anguilas en una pecera.
Llegados a ese punto, Braulio (otra vez) propuso ir a la discoteca Penélope, que estaba un poco más retirada de la línea de playa. Salieron a la calle e iniciaron el camino hasta la discoteca. Roberta le iba explicando a Julio cuanto le gustaba la camiseta azul con círculos blancos y rojos que él llevaba. Alfonsa le contaba a Carlos lo mucho que quería a sus 3 gatos, y Cintia y Leo le contaban a Braulio lo felices que eran viviendo juntas en el barrio de Vallecas de Madrid.
Cuando llegaron a la puerta principal, vieron que la cola que había no era muy larga, podrían entrar sin mayores problemas. Hicieron 10 minutos de cola, y cuando les tocaba entrar, Braulio de acercó al oído del enorme portero y le susurró algo que nadie pudo oír.  
Sergei, que así se llamaba el portero, sin mediar palabra, atizó un puñetazo a Braulio. La mandíbula de Braulio crujió como si se partiera en mil pedazos.